Digresiones sobre cine, por Germán Frassa.
Frase talismán: "Soy la sirenita dos" - Vera Frassa (3).
viernes, 2 de noviembre de 2012
Lo increíble
Entiendo que para mejorar las perspectivas comerciales de la película en el extranjero, los personajes de Lo Imposible (una producción española inspirada en el caso real de una familia también española en el tsunami de 2004 en el sudeste asiático) sean anglohablantes. Pero ya puestos, ¿por qué el guión convierte a los protagonistas en británicos en lugar de estadounidenses? Es dar un paso y luego deshacerlo. Los dos actores principales son británicos, pero ambos tienen gran experiencia haciendo para Hollywood personajes con acento americano. En el implacable mercado estadounidense, esta decisión puede limitar las posibilidades de difusión de la película. es verdad que la Academia se enamora cíclicamente de algún film británico, pero la taquilla raramente hace lo mismo. Y supongo que el cambio en la nacionalidad de los personajes se hizo pensando en la taquilla.
sábado, 11 de agosto de 2012
Digresiones sobre Brave
- Brave marca el punto en la historia de Pixar en el cual este estudio se rinde a la idea de que es una filial de Disney. Entre otras cosas, porque es una "peli de princesa"; una princesa diferente, pero princesa al fin. Pero no es esta la razón principal del cambio.
- Lo que realmente hace a Brave diferente del resto de obras del canon Pixar es que no pretende revolucionar el género, y esa complacencia con su propia limitación es lo que la hace más cercana a Disney que a Pixar. (Bueno, podría argumentarse que esto ya ocurrió en Cars 2. Pero en mi opinión Cars 2 es más un capricho personal de Lasseter que una concesión hacia Disney.)
- No digo que Pixar haya logrado revolucionar la industria con cada una de sus obras previas. Digo que el equipo creativo de la empresa abordaba hasta ahora cada producción claramente con ese espíritu de "después de nosotros, el diluvio". En la práctica, mi impresión es que en el canon de Pixar solo hay dos obras maestras (Toy Story y Finding Nemo), un par de genialidades inconclusas (Wall-E, Up y Ratatouille), un "metaclásico" exquisito (A Bug's Life), dos secuelas de muy buen nivel (Toy Story 2 y 3), una obra increíblemente sobrevalorada (The Incredibles), y dos productos mediocres (Monsters, Inc. y Cars).
- Esto no quiere decir que Brave sea una mala película. Es una obra bastante satisfactoria y equilibrada, casi libre de varias de las plagas de mediocridad que afectan a la animación infantil contemporánea, como los guiños cómicos para adultos o las referencias irónicas a la cultura pop actual. De lo que no logra librarse es de la sensación de que su historia no es más un remix de giros narrativos clásicos (Robin Hood, Juana de Arco) y otros más cercanos tomados en préstamo de socios de Pixar, como El viaje de Chihiro, de Studio Ghibli (cuyas obras Pixar distribuye en US), o la muy fallida Brother Bear de Disney.
- Además, Pixar no ha renunciado a su "sello de calidad", especialmente en los aspectos visuales, donde mantiene una ventaja tipo Usain Bolt sobre el resto de competidores. De hecho, Pixar peca en Brave (y ya lo ha hecho antes) de abusar de esa superioridad visual como única prueba necesaria de que su calidad sigue intacta. Si el brillo visual fuera prueba irrefutable de una obra de animación digital es "superior", Pixar parece a veces convencido de que solo con ese atributo le basta para marcar la diferencia. Desde los efectos acuáticos de Finding Nemo a las pelambres de Monsters, Inc., pasando por la selva hipertropical de Up. En Brave el pecado se vuelve delito, atizado por el contexto de leyendas celtas y bosques animados en que se desenvuelve la historia.
domingo, 22 de abril de 2012
Digresiones sobre Take Shelter
- Es una película sobre el "ser nacional", pero el ser nacional estadounidense. Por eso debe ser vista más como un ensayo político y social más que como un thriller psicológico.
- Este es uno de esos casos en los que viene bien leer las críticas en el país de origen, porque destacan algo que resuena de manera especial en el espectador estadounidense al ver este film, y que no es tan fácil de captar en otras partes del mundo: es una descripción alegórica de cómo se ven los estadounidenses a sí mismos hoy. Asistiendo al derrumbe de todo aquello en lo que creen, sin saber si lo que ven es solo un mal sueño o el inicio del Apocalipsis. Digamos, sin terminar de entender si lo que ven a su alrededor es locura, revelación profética o simplemente que los mariscos de la noche anterior les cayeron mal.
- Es una película indie, sí, pero que se desmarca del molde narrativo indie con desvíos sutiles y elegantes. Transcurre en el típico suburbio estadounidense de clase media, pero por una vez el protagonista no es un nerd, ni un universitario que vuelve de la gran de ciudad a reflexionar sobre su pasado, sino un obrero. Y a diferencia de las escasas películas indies sobre obreros, no es un film costumbrista.
- La iluminación (de Adam Stone) es excelente. Juega con todos los posibles tonos de azul, blanco y gris que el cielo puede ofrecer, hasta convertirlo en un personaje más.
- Michael Shannon es lo más parecido que hay hoy a Christopher Walken.
- En tema y clima, encuentro a esta película muy, muy cercana a A Serious Man, de los hermanos Coen. Por supuesto, aquí no hay humor grotesco, y además los Coen describen un derrumbe más acotado, el del mundo judío ortodoxo estadounidense. Pero precisamente el legado judío ortodoxo, aunque no se lo mencione explícitamente, ocupa un lugar importante en ese universo que se cae a pedazos en Take Shelter.
sábado, 25 de febrero de 2012
Digresiones sobre Shame
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domingo, 5 de febrero de 2012
Digresiones sobre The Descendants
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sábado, 20 de agosto de 2011
Digresiones sobre Beginners
Seré breve porque en estos tiempos de Twitter postear en un blog es una locura. Cada vez que salgo de ver una película pienso en soltar lo que se me ocurre por escrito; y siempre me pasa que lo que pienso, convertido a tweets, es demasiado y convertido a blog es demasiado poco. Así que le he dado al botón "escritura automática" y veremos qué sale.
Terminamos viendo Beginners con Gabriela por accidente. Frente a una cartelera de verano en Madrid bastante desangelada, queríamos ver Rise of the Planet of the Apes, pero me equivoqué con el horario y llegamos media hora tarde. Podíamos esperar en Manoteras algo más de una hora y ver El hombre de al lado en ese mismo cine. Pero Gabriela no puede quedarse quieta y prefirió esperar algo más de una hora pero no en el mismo sitio y ver otra película en otro lado, así que, luego de revisar la cartelera, pusimos proa a Cuatro Caminos, donde daban Beginners.
Beginners es el tipo de películas a las que descarto por el afiche. Pero me había sorprendido ver en Metacritic que la crítica le había dado 82 puntos, incluyendo los críticos que sigo con atención (Andrew O'hehir de Salon y el infinito Roger Ebert, básicamente, no porque necesariamente comparta sus gustos sino porque tengo medidas las distancias entre sus gustos y los míos.
Bien, digresiones:
Es una comedia dramática indie de manual, sobre otra familia disfuncional estadounidense contemporánea, narrada desde el punto de vista del hijo posadolescente tardío y disfuncional y sus dificultades para establecer relaciones que no sean disfuncionales.
Está dirigida por Mike Mills, un homónimo del bajista de R.E.M., artista gráfico y director de videoclips que, básicamente, ha contado en este film su propia historia y la de su familia. De él había visto ya Thumbsucker, y debo decir que respecto de esta, Beginners, sin ser una obra maestra, ni siquiera una gran película, es un salto de gigante.
Cumple todas las reglas del género: el protagonista padece actitud contemplativa cercana a la somnolencia, la fotografía es descuidada y la selección de canciones no, el ratio de pantalla es 4:3, no hay efectos especiales ni decorados caros, el sexo está presente pero casi solo en las palabras y el elenco está encabezado por artistas "de prestigio" (Christopher Plummer, Ewan McGregor y Mélanie Laurent), aunque esto último ya va dejando de ser una seña particular, desde que los productores de cómics se han dado cuenta de lo fácil que es incorporar ese recurso.
Lo mejor de Beginners es lo que no viene en la receta indie: el montaje. La historia avanza simultáneamente en tres planos temporales (la infancia, el pasado inmediato y el presente del protagonista), cada uno de ellos ligeramente desordenado. Una fórmula parecida a la del Tarantino de Pulp Fiction, pero sin fuegos artificio. Es un montaje silencioso, en el cual las líneas de tiempo se integran con delicadeza y producen en el espectador la impresión de que todos los eventos ocurren y se explican entre sí simultáneamente.
Lo segundo mejor en Beginners es la música. En lugar de hacer la selección de folk de dormitorio típica contemporáneo del género, el film se apoya en el protojazz de Jelly Roll Morton, que desde la banda sonora aporta emoción y ayuda a balancear la impotencia contemplativa del personaje principal.
El guión tiene varios temas bien ensamblados: la herencia judía, el activismo gay, la condena de ser hijo único, la evolución del negocio de las artes plásticas (desde las exposiciones que organizaba el padre en los años 70 hasta el malvivir del hijo como adocenado artista gráfico, los enfermos terminales, la práctica del graffiti y la comunicación telepática entre mascotas y sus dueños.
En resumen, Mills usa varios recursos técnicos (la edición, el sonido, el guión) para evitar el mayor problema del subgénero: que la chatura anímica de los personajes se contagie a la obra.
Por útimo, actuaciones: Plummer aprovecha su oportunidad. Laurent practica la misma mezcla irritante de hippie fatal que hizo Marion Cotillard en Les Petits Mouchoirs, pero bueno, es lo que le toca hacer. Es gracioso ver cómo se abraza en Estados Unidos el estereotipo de la francesita histérica. Ewan McGregor, probablemente el actor anglohablante más empático del cine actual, blinda todo con su aura de chico bueno que se sobrepone a las desgracias con más fortuna que mérito.
Bueno, no fue tan breve.
sábado, 13 de febrero de 2010
No tan Invictus

La fortaleza del cine de Clint Eastwood reside en la equilibrada contradicción entre el carácter contemporáneo y descarnado de los temas que narra y la forma clásica en que los narra. Adulterio, pedofilia, eutanasia, racismo, antipatriotismo... Es como si los especialistas en dramas clásicos de los años 50 y 60 se hubieran liberado del peso del macartismo y pudieran llamar a los temas por su nombre, pero manteniendo la elegancia formal adquirida en el persistente ejercicio de la elipsis. Esta contradicción no es más que el reflejo de la propia persona pública de Eastwood, un viejo vaquero republicano ablandado en cuestiones progresistas tras décadas de supervivencia en una industria habitada por presuntos artistas. Un conservador ecologista que gusta de escandalizar a propios y ajenos.
En Invictus -un biopic sobre los comienzos de Nelson Mandela como presidente de Sudáfrica, y su hábil utilización del Mundial de Rugby de 1995 como un medio para la reconciliación nacional- no hay rastros de esta contradicción vital porque ha desaparecido uno de los términos de la ecuación. Persiste la forma de narrar, pero el tema, si bien contemporáneo, es demasiado ajeno al mundo de Eastwood. Toda su capacidad habitual de irritar y, a la vez, hacer cómplice al espectador en el tratamiento de personajes y situaciones es reemplazada aquí por un respeto reverencial a la historia.
Eastwood ya había incluido elementos biográficos en otros films (en Bird y, de manera menos evidente, en White Hunter, Black Heart), pero en esas ocasiones contaba con la ventaja de que sus sujetos narrativos (Charlie Parker, John Huston) ya habían muerto y, además, carecen de la dimensión política de Nelson Mandela. Ambas circunstancias le daban un espacio considerable para adaptar la verdad histórica a sus necesidades expresivas. Ese espacio no existe en Invictus. El Mandela que presenta Eastwood es un prócer de enciclopedia. Peor suerte le toca al capitán de los Springboks, François Pienaard. Es comprensible que los líderes deportivos no estén dotados del don de la elocuencia, pero el caso del personaje que encarna Matt Damon es tan preocupante que uno no puede dejar de preguntarse por qué los guionistas no rompieron por lo menos alguna vez las reglas del apego histórico para sacar un poco más de jugo en alguna escena.
El film tiene sus momentos emocionantes, como los tiene cualquier telefilme de tema deportivo, si uno se deja llevar. Se llama Invictus, pero curiosamente es una derrota, si bien una menor, en la larga serie de victorias de Eastwood.
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